Con mi grabadora llena de las voces que este sábado salen publicadas en el periódico, salimos a la central de autobuses, una vez en el autobús, mi amiga se quedó dormida, mientras yo escribía las notas correspondientes, olía a calor semidesértico, el sol calentaba el asfalto.
A ratos los timbrazos del celular me alertaban de la responsabilidad de entregar el trabajo del día, estuviese donde sea, y otras voces calmaron la angustia momentánea que sentí desde la noche anterior, para hacerme explotar en energía sonrojada y entender que la tolerancia en la vida, es parte de la espera de las mejores cosas.
No era menor su cuantificación, la verdad es que si estaba alejado, es una colonia que divide al Edomex del DF, entonces si estaba algo lejos. Y como siempre me sucede, me quedé embelezada con la ciudad, recordé lo que una noche anterior platiqué con Roberto, “el DF está diseñada en proporción a la gente que la habita, es decir, hay mucho de todo” jajaja, ¿es obvio no?, pero comprobarlo fue realmente interesante.
El estrés de la gran metrópoli se sentía desde el chofer de la unidad en la que íbamos, a ratos el señor con cara de Samurai, parecía todo un maestre espiritual, es más, vibraba positivamente, pero nada más abría la boca, profería puras maldiciones a su puro estilo chilango, y manejaba raudo, seguro pero acelerado, debo reconocer que eso nos hizo llegar a tiempo.
A unos 10 minutos del taller, encontramos un office depot, y al bajar del coche, un amable señor, me informó que nos venía siguiendo desde cuadras anteriores porque se estaba derramando “gruesamente” – como me dijo -, el líquido de frenos, pues dije ¡ORA SI QUE CHETTOS!, tenía un pie en mi memoria con las letras que tendría que plasmar en las notas informativas, que por horas habían estado en espera, y otro en la preocupación de que no podríamos regresar así a Querétaro.
Al final, era una burbuja en el líquido de frenos, lo que provocó el derrame, y a las 7:04 pm, llegaron mis notas. Sin alimento en el estómago las dos, desde el desayuno, nos trasladamos hasta el DF, cerca de insurgentes a un “Sangrons” que está abierto las 24 horas, sin música nos trasladamos hasta ahí, porque a Angie se le olvidó la carátula del estéreo, así que saqué mi celular para degustar un par de canciones que llevo siempre conmigo y entonces cantamos, Tlatelolco nos escuchó jajaja.
Los consejos, los recuerdos, la energía positiva, las risas, carcajadas que hacían que los comensales vecinos, nos voltearan a ver con cara de “YA CÁLLENLAS”, se prolongó casi hasta la 1:30 de la mañana.
4 de la mañana, llegamos al departamento, escuchando los sonidos a lo lejos, más sonámbulas que concientes, más relajadas que el viento que soplaba frío, pero suavemente… estas son las cosas de la vida que más disfruto… lo imprevisto, lo que no se planea, lo que llega como un regalo enorme que agradezco al universo.
Fotos: Ana Soria
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