octubre 05, 2007

Medios, promotores del encapsulamiento humano...

*:Alter - Focus:*

Hoy vivimos como zombis...

Jamás en su vida sobre la tierra, el hombre estuvo más aislado de sus semejantes, más vejado por sus propios inventos, destinados a borrar en él hasta el último rasgo de humanidad, que en este tiempo en donde se pregonan las supuestas virtudes de una comunicación que constituye hoy en día el más grave atentado, el más brutal y eficaz contra la condición humana que conmovía a Malraux.

Hasta no hace mucho tiempo, menos de un siglo, el hombre solía comunicarse con sus congéneres gracias al impacto directo de su voz viva, al calor de su piel, al fulgor de sus ojos, al aura de sus humores. Y ninguna de esas herramientas de relación lo hacían propenso a la mentira y al engaño institucionalizado que usan hoy los medios electrónicos sin medida ni pauta, sin la menor consideración por esa intimidad que cada hombre guarda en su interior para afirmar su ser en el mundo, el “Sein in der Welt” del que habló Heidegger.

Toda razón que se trate de esgrimir a favor de esa conspiración de aparatos que comienzan ya a intentar sentir y expresarse por nosotros, no me parece válida frente al daño irreparable que nos causa, y ello con el beneplácito de estos ingenuos herederos del siglo XX, “el siglo del idiota” lo llamó en buena hora Léon Doré, que no despiertan aún del tóxico espejismo de un futuro radiante que les fuera prometido con falaz convicción y que hemos acabado pagando al precio del suicida.

Conversaba el otro día con un profesor universitario de los Estados Unidos, quien me hizo esta confesión: cada día, me dijo, me espanta más de mis alumnos ese aire de robots ausentes, movidos por instintos primarios que no se conocen ni siquiera en los animales. Ya no consiguen plantear en clase la pregunta más simple. Se quedan absortos mirando hacia una nada desoladora, y esa mirada me persigue ya hasta en mis sueños. La transcripción de este testimonio es literal, lo aseguro.

Tratando de buscar de dónde venía esa deshumanización sin esperanza de una juventud que en breve tendrá las riendas del mundo, llegamos mi amigo y yo a la certeza de que el daño reside en buena parte en la proliferación de los famosos medios electrónicos que nada comunican distinto de esa mediatizada (la palabra viene como anillo al dedo) entrega al paraíso impostor de la llamada sociedad de consumo, ese vasto supermarket en que estamos naufragando sin remedio.

¿Será ése el futuro radiante que nos prometieron los altos profetas hace un siglo? Me niego a suponer que tuvieran siquiera la imaginación para presentir tal horror. Recordemos las palabras del historiador y orientalista francés (...) con las que inicia su libro (...): “Después de Dunham, después de Guggenbühl, después de Auschwitz —yo añadiría de Hiroshima, de Vietnam y de Irak—, no tenemos derecho de albergar ilusión alguna sobre la fiera que duerme en el hombre. La asoladora propagación de los medios electrónicos destinados a la etapa informática alimenta peligrosamente a esa fiera.

Ahora bien, lo que hoy me corresponde sería adelantarme en la escasa medida de mis conocimientos lingüísticos cuál pueda ser la suerte del castellano convertido ya en el vértigo de la informática o como quiera o deba llamarse. Pienso en primer lugar que el entusiasmo de los entendidos en ese campo por motivo de haber sido incluida nuestra lengua en ese universo devorante, me parece por lo menos un tanto apresurado. He tenido oportunidad de leer algunos textos escritos en lo que aquí se llama castellano y lo único que he logrado es dar con una sarta de anglicismos ligeramente españolizados y cuyo sentido se me escapa por entero.

Hace mil años que vive el castellano. Durante los primeros siglos se llenó de voces árabes enlazada en términos y construcciones latinas, y en no pocos vocablos griegos, y a esta mezcla vinieron a sumarse el éusquero, el germano y hasta el celta. Que yo sepa, nadie se alarmó entonces. Dejemos ahora que el castellano viva su destino. Confiemos en su poder de supervivencia y de transformación, y no intentemos ser en este caso más papistas que el Papa. Nos queda un refugio, ya nos lo dijo bellamente Octavio Paz: “A su vez la palabra es hija del silencio/ nace de sus profundidades/ aparece por un instante/ y regresa a sus abismos”. El silencio, el silencio que pedía Rimbaud para el poema absoluto. No nos inquietemos por la suerte de nuestra lengua, inquietémonos más bien por nuestra precaria posibilidad de subsistir en esta época atroz en donde se oyen ya las trompetas del Apocalipsis.

Discurso de Álvaro Mutis en el festival VivAmérica

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