Regresar a la ciudad invisible y tenebrosa donde se cortaban los respiros, cuando el ruido de la urbe transformaba los ojos en cascadas, sólo para reconfirmar porque es preciso no volver a donde se respiró una vez felicidad. No está más. Se ha quedado una parte del tiempo encapsulada en la fuente de una iglesia, un andador, de las calles murmurantes. Volver a esa estancia llena de temores en la que se recobran los pedacitos de fe que inspiran a volver a emprender el vuelo, sin la espera a ciegas.Muchas alas, es parte de una etapa en que la lloradera era constante, por eso la autodenominé la canción “del dolor”. Hoy, a penas un recuerdo efímero de entonces, de “un amor” de alguna vez y que ahí mismo olvidé, entre sus silencios, pero que por alguna circunstancia loca del universo, rememoré.
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