El caso es que el fin de semana pasado, me encontré a este angelito, disfrutaba de la misa con una clase auténtica que hasta envidia me dio. Me observaba mucho, seguramente se le hacía extraño que alguien grabara y anotara en su libreta ¡en una eucaristía!, tenía una mirada indagadora pero infantil, lo que le llenaba magia.
Por un momento, le miré fijamente a los ojos, pero pues es un niño y sonrojado se volteó, aunque al final de la misa cuando se bajó de entre estos pilares, me sonrió, lo que fue para mí, el mejor regalo que pude haber recibido en ese día, estoy segura que era uno de mis 14 mil ángeles.
Fotos: Ana Soria
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