*:Alter - Focus:*
Hoy fue el día de los regaños, y sin querer agobiarme con los recuerdos de unos, sólo les cuento el del doc que me atiende desde mi infancia, el que me conoce todas las líneas de la palma de mi mano, en que momento se generaron y por qué.
Hace varios meses que no le visitaba.
El caso es que desde que llegué a mi consulta, la secre me lo anticipó: ¡que milagro Anita, se me hace que recibirás regaño!. Ya lo presentía.
Claro, el regaño no estaba a negociación, porque desde el momento en que abrió la puerta del consultorio, salió la figura envuelta en una blancura perfecta, bajó sus gafas con sus manos pálidas, pulcras, heladas. Al mirarme subió la ceja derecha, mientras despedía a su paciente que tenía cara de agobio.
Oprimí mis labios para no decir nada incorrecto, le debo el respeto a ese hombre en el que la edad no avanza, parece que el tiempo se detuvo en algún momento de su historia. No pude hacer más que sonreírle. Es duro, pero correspondió a ese estiramiento de labios.
El procedimiento de siempre, escuchar que dice el órgano latiente de mi esqueleto. ¿Has dormido bien Ana, comido?, finalizó con lo peor, ¿tomaste tus vitaminas?. Pensé: ¡carajo!, ¿no hay opción múltiple para mi respuesta?.
¡Esas eran muchas preguntas, y soy la periodista, no él!. El silencio me invadió y negué con la cabeza.
Nada más no me dio un zape por respeto, pero ese brillo y guiñó en sus ojos, lo reclamaba todo.
Y vino la letanía de tooooodo lo que se me olvida hacer, todo aquello en lo que no pienso me pidió, y me enjaretó las malditas pastillas que detesto.
Media hora de consulta, y de regreso a la redacción catatónica a hacer corajes, ¡shingaO!, una primera plana de una nota pagada, y por delante tanto trabajo como para no salir de aquí en tres días, lo cierto es que algún momento tendré que descansar.
Ya le ha de haber contando a mi má, me acaba de hablar solamente para decirme: “te espero a comer mañana”, y me colgó. No es una invitación, es una orden, conozco ese tono de su voz, hasta la observé oprimiendo sus labios y alisando su cabello.
Así que mientras me deshago de mis uñas, cierro mis ojos para pensar en el argumento que la deje tranquila para que no me insista en regresar a su casa, a pesar de que considere que soy un caos en mi vida independiente.
Hoy fue el día de los regaños, y sin querer agobiarme con los recuerdos de unos, sólo les cuento el del doc que me atiende desde mi infancia, el que me conoce todas las líneas de la palma de mi mano, en que momento se generaron y por qué.Hace varios meses que no le visitaba.
El caso es que desde que llegué a mi consulta, la secre me lo anticipó: ¡que milagro Anita, se me hace que recibirás regaño!. Ya lo presentía.
Claro, el regaño no estaba a negociación, porque desde el momento en que abrió la puerta del consultorio, salió la figura envuelta en una blancura perfecta, bajó sus gafas con sus manos pálidas, pulcras, heladas. Al mirarme subió la ceja derecha, mientras despedía a su paciente que tenía cara de agobio.
Oprimí mis labios para no decir nada incorrecto, le debo el respeto a ese hombre en el que la edad no avanza, parece que el tiempo se detuvo en algún momento de su historia. No pude hacer más que sonreírle. Es duro, pero correspondió a ese estiramiento de labios.
El procedimiento de siempre, escuchar que dice el órgano latiente de mi esqueleto. ¿Has dormido bien Ana, comido?, finalizó con lo peor, ¿tomaste tus vitaminas?. Pensé: ¡carajo!, ¿no hay opción múltiple para mi respuesta?.¡Esas eran muchas preguntas, y soy la periodista, no él!. El silencio me invadió y negué con la cabeza.
Nada más no me dio un zape por respeto, pero ese brillo y guiñó en sus ojos, lo reclamaba todo.
Y vino la letanía de tooooodo lo que se me olvida hacer, todo aquello en lo que no pienso me pidió, y me enjaretó las malditas pastillas que detesto.
Media hora de consulta, y de regreso a la redacción catatónica a hacer corajes, ¡shingaO!, una primera plana de una nota pagada, y por delante tanto trabajo como para no salir de aquí en tres días, lo cierto es que algún momento tendré que descansar.
Ya le ha de haber contando a mi má, me acaba de hablar solamente para decirme: “te espero a comer mañana”, y me colgó. No es una invitación, es una orden, conozco ese tono de su voz, hasta la observé oprimiendo sus labios y alisando su cabello.Así que mientras me deshago de mis uñas, cierro mis ojos para pensar en el argumento que la deje tranquila para que no me insista en regresar a su casa, a pesar de que considere que soy un caos en mi vida independiente.
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