
Que poco duró el gusto por construir castillos de cambio. Todo lo dejas medias y sales corriendo entre el esparcimiento de ese remolino mental en el que te desencuentras para destruirte en polvo y luego encerrarte en la cápsula cuya combinación nadie encontrará porque te la has tragado. Y ahí dentro, en la oscuridad de la implosión que te provocas, nadie podrá llegar a ordenar nada.
¿Qué carajos estabas pensando?, ¿quién te dijo que podías transformar?, ¿cómo te atreviste?, ¿para qué lo ideaste?, ¿cuándo se te ocurrió?, ¿dónde estaba escrito tal absurdo?, ¿por qué no pensaste en otra cosa?.
Los cuestionamientos confrontan, como un oleaje embravecido, ¿ya tienes la respuesta?.
¿Qué carajos estabas pensando?, ¿quién te dijo que podías transformar?, ¿cómo te atreviste?, ¿para qué lo ideaste?, ¿cuándo se te ocurrió?, ¿dónde estaba escrito tal absurdo?, ¿por qué no pensaste en otra cosa?.
Los cuestionamientos confrontan, como un oleaje embravecido, ¿ya tienes la respuesta?.
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