Hace un par de semanas que en Querétaro, hubo un accidente lamentable - como debe haberlos en varios lugares de este bloque de tierra con agua y oxígeno -, un "hombre", que cruzó una de las vías rápidas de la capital, fue arrollado por un auto y tras del primero, sobre su cuerpo pasaron varios más, cuando me lo contaron, pensé solamente que había muerto, y desee que hubiese sido instantáneamente.En realidad, preferí no imaginar como quedó... pero cuando vi una de las tantas fotografías quedé impactada. Una mano desprendida en el asfalto y enseguida pedí no ver más ese miembro del cuerpo, aunque me contó el Robert - fotógrafo del periódico - que en realidad su cuerpo estaba desmembrado sobre el asfalto. Sólo pude cerrar los ojos con presión y buscar en el cuadro de imágenes que se me presentaban como diapositivas mentales, otras que no olieran a muerte.
Mis respetos para los fotógrafos de nota roja, no es nada fácil, a menos que te acostumbres. Recuerdo ahora la vez que hice un foto reportaje de un mercado, mientras fotografiaba - en una carnicería - la cabeza de un cerdo colgada con la lengua de lado y afuera en signo de tortura, casi me desmayo.
Hoy mientras navegaba en este ciberespacio, me encontré esta fotografía de un del soldado que fue herido por la bomba atómica en la segunda guerra mundial, y aunque he vuelto a presionar los ojos, me doy cuenta del arte que es incluso la fotografía "siniestra", conjugada con la luz y la sombra, permite penetrar en los recovecos del cuerpo.

El pisoanalista Lacan, señala que retirar la mirada de este tipo de imágenes es como un respiro para tranquilizar la conciencia. Pero además encuentra una respuesta de correspondencia entre lo que se mira y la retroalimentación que da a nuestra mirada, “nunca miras donde yo te veo”.
“En nuestra relación con las cosas -señala Lacan - tal como la constituye la vía de la visión y la ordena en las figuras de la representación, algo se desliza, pasa, se transmite, de peldaño en peldaño, para ser siempre en algún grado eludido. Eso se llama la mirada”.
Más adelante, Georges Didi-Huberman plantearía la cuestión desde otra perspectiva, según la cual, en lo que miramos hay una parte que nos mira. El fracaso de la mirada en lo que a la respuesta se refiere es, precisamente por eso, menos catastrófico; aunque no es negado en su totalidad porque cabe deducir de sus afirmaciones que una parte de lo que miramos nunca nos mira, ni nos va a mirar. (de aquí el trauma de la mirada que con tanta intensidad ha estudiado el psicoanálisis).
Desde los surcos de la carne destrozada algo nos mira, sin lugar a dudas. El sujeto, el hombre, el cuerpo, es algo más que una lata que brilla en el mar y, desde su conformación como cuerpo siniestro, definitivamente algo de lo que vemos en ese cuerpo nos mira y reclama nuestra atención; conformándose desde la mirada como cuerpo del deseo que necesita ser vengado, aún a costa de ejercer esa venganza contra una parte de nuestros propios deseos y aunque esto nos obligue a retirar la mirada.
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