Tomado de la Revista Cambio
Autoestima
Por Omegar Martínez
Como sabía que estaba triste y solo, me llamé por teléfono. Primero estaba ocupado y ocupado, una y otra vez, hasta que salí a llamar de un público y al fin me pude dejar una invitación en la contestadora para ir al cine. Cuando llegué a mi casa y escuché mi proposición, acepté sin pensarlo, al menos para distraerme un rato.
Así que pasé por mí y me llevé al cine. En la dulcería me compré palomitas grandes y un refresco, igual se me antojarían, pero al sentarme en la sala me di cuenta que no tenía hambre. Al menos era dos por uno y así no me salía tan caro.
Comenzó la proyección. La película era buena, sólo que no me dejaba ver nada porque lloraba a cada escena y lamentaba diciéndome que tú ya la habías visto sin mí. Como me ponía aún más triste verme así, no disfruté la película.
Terminé por sacarme de la sala y llevarme a mi casa puesto que tenerme llorando en público no tenía caso. Al llegar me consolé y abracé un poco, intentando calmarme, diciéndome que no llorara una y otra vez, aunque tu distancia me doliera tanto, hasta que por fin caí rendido. Eso sí, me dejé una nota diciéndome que hubiera preferido quedarme en mi casa ya qye terminé bastante harto, y que, aún cuando me quiero mucho y me preocupo por mí, definitivamente no vuelvo a salir solo conmigo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario