*:Alter - Focus:*
Columna Sin reticencias
Publicada en El Periódico El Corregidor
Julio 12, 2008
Por Ana Soria
Desde la Grecia antigua, los ciudadanos que querían ser parte de la clase política, debían ser capaces de defender sus juicios o propuestas. Cuando sucedía lo contrario, se le daba una oportunidad obligada de instruirse en el arte de la argumentación con un experto.
Esto lo hacia merecedor de codearse con los grandes, con aquellos estrategas del Estado, lo que no quería decir que no tuvieran sus intereses, lo cierto es que por lo menos sabían porqué y para qué estaban al frente de una nación.
Parece que esta tendencia a una formación política, ha cambiado con el paso del tiempo. Han mutado las estrategias que planteaba Aristóteles como medulares para ser un político de altura.
Él consideraba que un orador persuasivo, debía hacer uso del ethos, logos y el pathos, pero parece que se les ha olvidado, y ahora sólo centran su atención en la imagen, aunque no tenga congruencia con lo que dicen o hacen.
La persuasión hacia un auditorio a través de distintas técnicas, no ha variado, se sigue centrando en conocer sus “pasiones”, eso que “el otro” siente, con la finalidad de generar empatía y provocar una reacción al estímulo hablado, silencioso o de proxémica.
Por ejemplo, podemos hablar del atuendo que utilizan los políticos para generar confianza, respeto, lejanía o rechazo, porque desde el lenguaje no verbal, se transmiten mensajes, a pesar de que no se digan. A veces parece ser parte de una escenografía.
A menos de un año de la contienda intermedia, se visualizan más estos mensajes de los que se denominan suspirantes, no es necesario que lo afirmen, se les nota en sus movimientos calculados para generar eco a eco, un posicionamiento, primero en la cueva de las sombras platónicas, para resurgir en el momento adecuado como los iluminados de sus partidos.
Los acercamientos con la ciudadanía, con periodistas de por medio cubriendo el recorrido, es sinónimo la búsqueda del voto, tanto de simpatizantes, como de los indecisos, en el morralito de las esperanzas de triunfo, no hay distingo, una persona marca la diferencia.
La hipercomunicación que nos ha heredado el siglo XXI, implica no sólo contar con los medios para ver y medio enterarnos, sino una ventana para poder husmear al análisis del movimiento de los políticos.
Ahí tienen a varios modelando por la pasarela, los han visto ¿cierto?, en los eventos con su atuendo nuevo, con sus kilos de más o de menos, sonrientes, saludadores, con sus acompañantes a manera de respaldo, todo, todo en este mundo co-mu-ni-ca, no lo olviden.
El reto para identificar quienes de los suspirantes de la bola, son los que destacan hacia ese político argumentador que se preparaba en la Grecia de los grandes pensadores, está en saber leer sus claves persuasivas, pues no todos serán los elegidos.
Esto implica desde luego, reflexión, análisis, lo que implica tiempo, la única vía por la que un un ciudadano puede decirse responsable para definir su voto en los comicios.
A un buen gobernante no lo forma un asesor de imagen, porque sus propuestas no dependen si trae o no el saco adecuado, por poner un ejemplo, y tampoco si es agraciado, cercano, amable. La pregunta es si el empaque, contiene a un personaje con la capacidad política para dirigir a un pueblo.
Ciertamente, hay políticos muy capaces, pero que no generan confianza en el electorado, por eso el reto de los suspirantes es proyectar a priori competencia, fiabilidad y dinamismo.
Hace poco me preguntaba un dirigente de cierto partido político en la entidad, -¿qué características debe tener un buen candidato?-, interesado en saber que buscan los jóvenes de un gobernante.
Le respondí que: una persona honesta, trabajadora e inteligente, un estratega político con capacidad de resolver, pero agrego, lo que platiqué con un intelectual, “no debe traer la sombra del ungido”.
Nos leemos en la siguiente
Comentarios: anna_sori@hotmail.com
Columna Sin reticencias
Publicada en El Periódico El Corregidor
Julio 12, 2008
Por Ana Soria
Desde la Grecia antigua, los ciudadanos que querían ser parte de la clase política, debían ser capaces de defender sus juicios o propuestas. Cuando sucedía lo contrario, se le daba una oportunidad obligada de instruirse en el arte de la argumentación con un experto.Esto lo hacia merecedor de codearse con los grandes, con aquellos estrategas del Estado, lo que no quería decir que no tuvieran sus intereses, lo cierto es que por lo menos sabían porqué y para qué estaban al frente de una nación.
Parece que esta tendencia a una formación política, ha cambiado con el paso del tiempo. Han mutado las estrategias que planteaba Aristóteles como medulares para ser un político de altura.
Él consideraba que un orador persuasivo, debía hacer uso del ethos, logos y el pathos, pero parece que se les ha olvidado, y ahora sólo centran su atención en la imagen, aunque no tenga congruencia con lo que dicen o hacen.La persuasión hacia un auditorio a través de distintas técnicas, no ha variado, se sigue centrando en conocer sus “pasiones”, eso que “el otro” siente, con la finalidad de generar empatía y provocar una reacción al estímulo hablado, silencioso o de proxémica.
Por ejemplo, podemos hablar del atuendo que utilizan los políticos para generar confianza, respeto, lejanía o rechazo, porque desde el lenguaje no verbal, se transmiten mensajes, a pesar de que no se digan. A veces parece ser parte de una escenografía.
A menos de un año de la contienda intermedia, se visualizan más estos mensajes de los que se denominan suspirantes, no es necesario que lo afirmen, se les nota en sus movimientos calculados para generar eco a eco, un posicionamiento, primero en la cueva de las sombras platónicas, para resurgir en el momento adecuado como los iluminados de sus partidos.Los acercamientos con la ciudadanía, con periodistas de por medio cubriendo el recorrido, es sinónimo la búsqueda del voto, tanto de simpatizantes, como de los indecisos, en el morralito de las esperanzas de triunfo, no hay distingo, una persona marca la diferencia.
La hipercomunicación que nos ha heredado el siglo XXI, implica no sólo contar con los medios para ver y medio enterarnos, sino una ventana para poder husmear al análisis del movimiento de los políticos.
Ahí tienen a varios modelando por la pasarela, los han visto ¿cierto?, en los eventos con su atuendo nuevo, con sus kilos de más o de menos, sonrientes, saludadores, con sus acompañantes a manera de respaldo, todo, todo en este mundo co-mu-ni-ca, no lo olviden.El reto para identificar quienes de los suspirantes de la bola, son los que destacan hacia ese político argumentador que se preparaba en la Grecia de los grandes pensadores, está en saber leer sus claves persuasivas, pues no todos serán los elegidos.
Esto implica desde luego, reflexión, análisis, lo que implica tiempo, la única vía por la que un un ciudadano puede decirse responsable para definir su voto en los comicios.
A un buen gobernante no lo forma un asesor de imagen, porque sus propuestas no dependen si trae o no el saco adecuado, por poner un ejemplo, y tampoco si es agraciado, cercano, amable. La pregunta es si el empaque, contiene a un personaje con la capacidad política para dirigir a un pueblo.Ciertamente, hay políticos muy capaces, pero que no generan confianza en el electorado, por eso el reto de los suspirantes es proyectar a priori competencia, fiabilidad y dinamismo.
Hace poco me preguntaba un dirigente de cierto partido político en la entidad, -¿qué características debe tener un buen candidato?-, interesado en saber que buscan los jóvenes de un gobernante.
Le respondí que: una persona honesta, trabajadora e inteligente, un estratega político con capacidad de resolver, pero agrego, lo que platiqué con un intelectual, “no debe traer la sombra del ungido”.
Nos leemos en la siguiente
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