Los días han pasado entre un rostro que se oculta y una voz que insiste en permanecer sepultada detrás del auricular, como si fuese la cápsula en donde disimula sus reconcomios dibujados entre las sombras y entre las luces, los borra para aparentar que no es lo que en realidad desease. El vaivén de siempre, la indecisión constante, el miedo aterrador de acercarse, siempre camuflajeado y delatado por el brillo en la mirada, el temblor en la voz y la vibración desprendida desde una guarida, que se desplaza hasta en los mínimos recovecos, por donde se olfatea la adrenalina emotiva. Ni siquiera las miradas han vuelto a encontrarse, pero la intención de saberse no ha cesado, ni se detendrá hasta el momento en que estén postrados una enfrente del otro.
junio 16, 2007
Sin tiempo…
*:Alter - Focus:*
Los días han pasado entre un rostro que se oculta y una voz que insiste en permanecer sepultada detrás del auricular, como si fuese la cápsula en donde disimula sus reconcomios dibujados entre las sombras y entre las luces, los borra para aparentar que no es lo que en realidad desease. El vaivén de siempre, la indecisión constante, el miedo aterrador de acercarse, siempre camuflajeado y delatado por el brillo en la mirada, el temblor en la voz y la vibración desprendida desde una guarida, que se desplaza hasta en los mínimos recovecos, por donde se olfatea la adrenalina emotiva. Ni siquiera las miradas han vuelto a encontrarse, pero la intención de saberse no ha cesado, ni se detendrá hasta el momento en que estén postrados una enfrente del otro.
Los días han pasado entre un rostro que se oculta y una voz que insiste en permanecer sepultada detrás del auricular, como si fuese la cápsula en donde disimula sus reconcomios dibujados entre las sombras y entre las luces, los borra para aparentar que no es lo que en realidad desease. El vaivén de siempre, la indecisión constante, el miedo aterrador de acercarse, siempre camuflajeado y delatado por el brillo en la mirada, el temblor en la voz y la vibración desprendida desde una guarida, que se desplaza hasta en los mínimos recovecos, por donde se olfatea la adrenalina emotiva. Ni siquiera las miradas han vuelto a encontrarse, pero la intención de saberse no ha cesado, ni se detendrá hasta el momento en que estén postrados una enfrente del otro.
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