marzo 08, 2007

Desde el lugar sin ruido...

*:Alter - Focus:*

Los trazos comenzaron a dibujarse hacia el lugar del silencio, refugio de los días llenos de sol y al mismo tiempo del frío que armoniza las ráfagas que llegan hasta los huesos casi para convertirlos en cenizas de calcio.

No siempre tengo la oportunidad de despejarme en lugares donde oxigenar mis pulmones contaminados por las letras que mi mente bombea hacia ellos cada vez que sienten que se asfixian en la nada del todo. El fin de semana pasado, volé – literal -, volé con unas amigas a un viaje que planeamos con un mes de anticipación, meticulosamente para que nada lo interrumpiera a pesar de nuestra múltiples ocupaciones.

Y así, emprendimos el revoloteo hacia el Desierto de Wadley, un lugar donde habitan menos de 500 personas, luego de que hace muuuuchos años fue fundado por ingleses, cerca de Real de 14, un pueblito lleno de misterios, anteriormente rico en su subsuelo donde había explotación mineral, lo que hoy dicen los lugareños que poco queda.

Llegar hasta el desierto implicó travesías bastante interesantes, pero complejas para describir, así que les dejo los registros que me robé de aquellos momentos llenos de luz y de oscuridad plena que purificaron la existencia de tres “hadas histéricas

que buscaron un espacio relajante para volverse en amnésicas y sonreír más que el día anterior.

En medio de nubes, vegetación, animales extraños, gente por conocer, un túnel que lleva hacia el resplandor de recuerdos ya vividos entre sonidos étnicos y águilas planeando en lo alto de un cosmos voluble, guiando el camino de los danzantes de este plano de la vida.


























El es Bryan Rodríguez, un niño que ha vivido sus 6 años en Wadley, corriendo entre la vegetación del desierto con sus pocos amigos que dijo tener. Cursa el segundo año de primaria y todos los días debe caminar hasta la escuela porque le gusta estudiar. Su papá se llama Antonio Rodríguez, tiene una taller mecánico cerca de la estación y de la Iglesia. Bryan tiene una mirada llena de luz, una sonrisa que se refleja en el rostro de quienes le vemos. Tiene unas manos pequeñas pero muy selectivas, me acompañó un buen rato en mi descanso por la zona de viricuta en donde hay miles de peyotes enterrados para el deguste de quien sepa como hacerlo, como dicta el buen “Juan Matus, indio Yaki” en letras de Carlos Castaneda. Yo preferí junto con este pequeño recoger piedritas de río, fue así como me regaló todas las que juntó y cuando me las dio los hoyuelos de sus cachetitos se hicieron profundos y su luz alimentó mi existencia, porque es un ser lleno de humildad.

Fotos ANA SORIA

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lo cumpliste!!!! jejejejeje, me da mucho gusto ver estas fotogrfías que demuestran todo lo que me contaste de ese lugar que en efecto parece mágico. Buenos registros mi querida hada de luz.