Recuerdo ayer, el día en que por primera vez mamá me dijo que tenía que irme sola a la escuela porque ella debía salir a un retiro espiritual y no podría llevarme, nadie más lo haría porque todos mis hermanos estaban en la escuela y papá trabajaba desde muy temprano, así que agarré mi mochila de bolitas de colores y con un nudo en la garganta y con mucha decisión a mis 7 años, abrí la puerta de casa y caminé por espacio de 8 minutos esas calles llenas de olores y colores por donde transitaban rostros familiares, fue entonces cuando ya no sentí miedo.
Desde entonces supe que las cosas difícilmente volverían a ser iguales, de por sí, tenía que ser responsable en mis labores escolares al trabajar mis papás y como un hábito aprendido con mis hermanos tuve siempre que resolver mis problemas menores, de lo demás se encargaban mis papás.
Sin embargo, crecer no es fácil y hoy aunque disfruto de las cosas que hago, añoro mi etapa, esa que se vive antes de los 10, no es que no disfrute este momento, pero es otra cosa, ya crecí, ya me di de topes, ya aprendí y seguiré aprendiendo.
No lo sé a veces deseo tanto tomar mi par de muñecas, mis crayolas y cartulinas y sólo aparentar una vida de adulta sin realmente serlo y en cuanto me cansara volver a ser una niña, a la que sólo le preocupe hacer tarea y estudiar para pasar los exámenes, aunque como Mafalda, me siguen agobiando los problemas del mundo desde entonces, la diferencia entre ella y yo son mis rizos y mi tolerancia a los fideos.
Mmm, quizás ni entiendan
que carajos quiero decir con todo esto...
lo que sé es que ser pequeño es maravilloso...
ayer cuidando a mis sobrinas (Abril y Azul)
fue cuando evoqué tantos momentos,
a ellas les gusta estar conmigo,
tal vez sea porque en el fondo
sigo llevando a una niñota que se resiste a dejarme
porque creo que eso sería como perder la ilusión
de que en medio de este mundito raro
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