Llevo una hora y media sentada en la Agencia VIII del Ministerio Público, especializada en hechos de tránsito. Hace más de dos horas que mi amiga Estrella y yo chocamos por alcance en la carretera Querétaro-México.Lo que recuerdo es la autopista repleta de autos. A vuelta de rueda todos, y en los recovecos se gestaba la desbandada de luces motorizadas, que en la huída buscaban llegar lo más pronto posible a su destino.
Toda la tarde estuve en la redacción del periódico, escribiendo la larga jornada dominical, y justo cuando salía de estas paredes llenas de rebotes de letras noticiosas, marcó al radio mi amiga: “acompáñame a levantar imágenes para México”, asentí, siempre nos acompañamos en momentos inesperados y lejanos.
Llegué a casa a maquillarme para accidentarme, y es que fui al trabajo con cara lavada y al regreso puse algo de colorete a mi rostro pálido-ojeroso.
Emprendimos nuestra ruta con tranquilidad. La entrada a la autopista comenzó a congestionarse el sonar de los motores en todas proporciones, desde los pequeños de los compactos, hasta los medianos de las camionetas y los voraces de los tráilers con los que recuerdo a mi hermano adorado.Una fila inmensamente kilométrica dibujaba una serpiente al frente, lo primero que pensamos es que había pasado un accidente. La entrada habitual a la feria estaba atiborrada, así que decidimos ir hacia una alterna, adelante, cerca de una comunidad a la que fuimos alguna vez a cubrir una nota.
Se hacía tarde. Llevábamos casi una hora enfiladas y sin salida. En las oportunidades, aprovechábamos los meandros de la carretera, por donde yacían autos varados, descompuestos.
Algo se percibía en ese ambiente, era completamente obstruido por el ruido, el colapso, la desesperación y la agresión de algunos. Mis ojos me dolían, decidí cerrarlos, mi corazón latía más apresurado que siempre.Evoqué el mensaje que una hora atrás envié por ondas celulares a un ser elaborado: “Apocalipsis en el cielo, en la literatura, en los lamentos. El cine sigue esta tendencia y deja un mensaje obvio pero no siempre conciente; los seres humanos somos bélicos y la mayoría cree que las cosas se ordenan por la fuerza, sin voltear a ver las causas de su caos. Nosotros nos hacemos daño a nosotros mismos y somos quienes nos exterminaremos. Lo importante no es identificar que lo sabemos, sino cuántas veces la vida nos ha dado la oportunidad de ser concientes y transformarnos y con ello al entorno”.
Pensaba en ese mensaje que se incrustaba en mis células, desde que salí de casa y daba vuelta a la llave para poner el seguro de la puerta, cuando descubrí y me deleité con la luminosidad de una luna esplendorosa-misteriosa. Ella observaba la silueta de mi sombra y la disolvía con suavidad.
Al regresar de mi recuerdo-inmediato, ya nos habíamos impactado, ya habíamos visto como una camioneta salió del carril, un auto compacto se estampó en un costado con ella, mientras otra, lo chocaba su lado izquierdo, mientras nosotros rematamos detrás, nadie más. Pensamos luego que si un auto grande hubiera seguido la carambola, quizás no estaría escribiendo este re-cuento.
Mi pecho adolorido por el jalón del cinturón de seguridad, mi cuello lesionado, mis oídos zumbaban, literal. Re-memoro en un ritmo pausado, el salir de niños llorando, a hombres desesperados, y una mujer que tendieron en el pasto.Regresé a mi infancia y al dolor más grande de mi vida, la muerte de mi hermana mayor. Antes de salir de casa vi la fotografía donde salimos juntas, los últimos meses cerca y, luego, escuché nuevamente el anuncio de un accidente similar, en donde sus alas la llevaron a otra atmósfera donde sé que está.
A lo lejos, alguien me decía que saliera del auto, pero me negaba. Estrella tuvo que levantar la voz para que hiciera caso. Mis pies antes que tocar el asfalto, rozaron los cristales carcomidos por el impacto.
Temblaba, hacía mucho frío, pero no era la causa, estaba asustada. Vi que habíamos sido el último eslabón de la carambola. Las torretas de las patrullas de la PFP se acercaban, a lo lejos cantaban las sirenas de las ambulancias, los testigos tenían una mirada temerosa.
Son las tres y media de la mañana, voy llegando a casa después de haber pasado por un hospital privado en el que fui auscultada por un médico. Sigo pensando en la existencia de los mortales. Sigo viva, aunque muero de sueño.Me sumerjo entre las sábanas de mi cama, no puedo moverme hacia los lados por la incomodidad del collarín. Me duele la caja de mi esqueleto, pero me pierdo en el mundo onírico, del cuál al despertar no recuerdo ni un color, sonido, vibración, lo que sé, es que respiro-continúo aquí.
Me voy a trabajar… mis ángeles me cuidan…
1 comentario:
Que alivio que estás bien nena, cuídate para que cuando lleguemos estés bien para todo lo que tenemos que hacer en casa. Avísanos por favor como sale tu mami de la operación y por favor, sé fuerte, nada es sencillo, pero tampoco complejo y sabemos que entiendes esto y más, como tu misma dices, solo calma.
Publicar un comentario