Cuando iba a la universidad, y sobre todo de regreso a su casa, solía detenerse en aquel mismo lugar; más de cien veces había contemplado, absorto, aquel panorama verdaderamente espléndido y casi cada vez quedaba sorprendido por la impresión que sentía, imprecisa e inefable. Del magnífico panorama se desprendía para él un hálito frío e inexplicable; aquel esplendoroso cuadro se le aparecía como saturado de un espíritu mudo y sordo. Cada vez le extrañaba experimentar una sensación sombría y enigmática, y desconfiado de sí mismo aplazaba para un día futuro el descifrar el enigma. Recordó súbita y vivamente esos interrogantes y perplejidades suyos de otros días y tuvo la impresión de que, en aquellos momentos, tal recuerdo no era casual. Una cosa le parecía insólita y sorprendente, y era el haberse detenido en el mismo sitio que otras veces, como si se figurara que podía pensar en las mismas cosas que antes y que podía interesarse por los mismos temas y por los mismos lugares que le interesaban aún no hacía mucho. Casi sintió ganas de reír, al mismo tiempo que algo raro le apretaba dolorosamente el pecho. Todo lo que pertenecía al pasado, los pensamientos de antes, sus proyectos, sus temas, sus impresiones anteriores, todo ese panorama, él mismo, todo, todo le parecía entonces como hundido en una sima muy honda, apenas visible en algún lugar impreciso, bajo los pies. Era como si él hubiera volado a alguna parte, hacia lo alto y todo hubiera desaparecido a sus ojos. Hizo un movimiento involuntario 
con la mano y notó en el puño cerrado la moneda de veinte kopeks. Abrió la mano, contempló la moneda con mirada fija, levantó el brazo y la arrojó al agua; luego dio media vuelta y se encaminó a su casa. Tenía una rara impresión, como si en aquel momento hubiera cortado con unas tijeras cuantos lazos podían unirle con los hombres y con las cosas… El miedo, como capa de hielo, le envolvió el alma; le torturaba, le agarrotaba el cuerpo. Por fin, el horroroso estrépito, que se había prolongado durante más de diez minutos, empezó a remitir gradualmente… Pero de aquello, de aquello, se había olvidado por completo; en cambio a cada minuto recordaba haberse olvidado de algo de lo que no era posible olvidarse, se atormentaba, se torturaba pugnando por acordarse de ello, gemía, se ponía furioso o se sentía poseído de un miedo terrible, insoportable. Entonces se incorporaba bruscamente, quería huir; pero siempre había alguien que le detenía por la fuerza, y él volvía a quedarse exhausto y sin sentido.
Crimen y Castigo
Fiódor Dostoiesvski

















